La fiesta de 15 (y despedida) del Frente Amplio



Con más retraso que en otros países de la región, el fin de ciclo progresista llega a Uruguay. El mismo día en que cumplirá quince primaveras en el poder, el Frente Amplio dejará el gobierno el próximo domingo, cuando asumirá el presidente electo, el conservador Luis Lacalle Pou. El cambio de mando abre un tiempo de balanceo y consejo para la coalición de izquierda uruguaya, un peculiar indagación político que resultó en más éxitos que fracasos y que, a partir de ahora, enfrenta el desafío de reinventarse mientras ejerce como concurso.

Lacalle, del Partido Nacional, llega a la presidencia luego de suceder derrotado en el ballottage de noviembre pasado al candidato oficialista Daniel Martínez, ex intendente de Montevideo. El Frente Amplio atravesó toda la campaña con la certeza de que habría segunda revés y con la sensación de que el desgaste luego de tres períodos gubernamentales consecutivos le pasaría confección. Y así fue.

Martínez era lo poco que tenía el Frente para poner en cancha. La Constitución no permitía que el presidente Tabaré Vázquez (2005-2010 y 2015-2020) aspirara a su reelección. A los 84 primaveras, José “Pepe” Mujica (2010-2015) había decidido que su tiempo ya estaba cumplido. Danilo Astori, el tercer hombre musculoso del frenteamplismo, nunca logró amputar en las encuestas. Y quien parecía llamado a ser el heredero de Mujica, Raúl Sendic, hijo del quimérico fundador de la grupo MLN-Tupamaros, cayó en desgracia a medio del mandato de Vázquez, cuando tuvo que renunciar a la vicepresidencia luego de que los medios y la concurso cuestionaran durante meses su conducta como funcionario manifiesto por suceder utilizado tarjetas de crédito oficiales para gastos personales cuando dirigía la petrolera estatal Ancap.

Vista en retrospectiva, la caída de Sendic marcó un punto de inflexión para el Frente Amplio. A partir de entonces casi todo fue cuesta en lo alto. Al manejo extravagante de aquel escándalo se le sumaron dos factores estructurales con los que tuvieron que debatir casi todos los gobiernos del ciclo progresista iberoamericano: el agotamiento natural tras una papeleo prolongada y la desaceleración de la peculio en los últimos primaveras. Luego caldo una campaña electoral inusualmente dura, en la que el Frente nunca pudo hacer pie.

Aun así, el frenteamplismo se va con la capital en suspensión. Fueron los quince primaveras de viejo crecimiento crematístico en la historia del país. La pobreza se redujo del 40 al 8%. La indigencia prácticamente desapareció. El poder adquisitivo de los uruguayos aumentó de guisa sostenida. Uruguay llegó a ser el país con mejor distribución del ingreso de Latinoamérica.

La era del Frente Amplio todavía será recordada por iniciativas que, gusten o irriten, fueron de vanguardia para la región. Se reformó el sistema de vigor. Se legalizó el malogro. Se aprobó el boda entre personas del mismo sexo, tal como había ocurrido un par de primaveras antaño en la Argentina. Con el consenso de casi todo el portería político, se legalizó el consumo de hierba y el Estado se hizo cargo de su producción.

En estos primaveras se consolidó, adicionalmente, una civilización política que el propio Frente supo interpretar y disfrutar. Cuando Vázquez alcanzó por primera vez la presidencia, el 1º de marzo de 2005, la coalición llevaba más de tres décadas de existencia, incluyendo varios primaveras de clandestinidad durante la dictadura marcial. En el Frente habían confluido desde ex tupamaros hasta demócratas cristianos. Con la cicerone de Mujica, Vázquez y Astori, todas las vertientes del frenteamplismo hicieron siempre un culto casi fanático de la mecanismo en la complejidad. Fue la fórmula de su éxito.

Lo que viene. “El Frente Amplio tiene por delante tres desafíos muy importantes −dijo a PERFIL el politólogo uruguayo Adolfo Garcé, profesor e investigador del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República−. El primero es procesar una autocrítica para reencontrase con los electores que fue perdiendo. El segundo es adivinar en su logística frente al nuevo gobierno y evitar dos extremos. Por un flanco, el de la concurso radical: si sube demasiado el tono puede seguir desconectado de los electores centristas. Por el otro flanco, el de la excesiva cordialidad: ningún partido de concurso anhelo elecciones sin murmurar al gobierno. El tercer desafío es la renovación de liderazgos. Sus tres grandes líderes se baten en retirada y asoma una nueva coexistentes, pero debe dar pruebas de estar a la categoría”.

 

La derecha regional viaja a la responsabilidad de Lacalle Pou

Al menos cuatro presidentes de países latinoamericanos confirmaron su subvención a la ceremonia de responsabilidad del futuro presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou (Partido Nacional), prevista para el domingo 1º de marzo en Montevideo. Se tráfico de los mandatarios de Brasil, Jair Bolsonaro; de Chile, Sebastián Piñera; de Colombia, Iván Duque; y de Paraguay, Mario Abdo Benítez, según informó ayer la prensa uruguaya. En cambio, los gobiernos de países pertenecientes al “eje bolivariano”, como Venezuela, Nicaragua y Cuba, no fueron invitados por el gobierno uruguayo electo. Por su parte, el presidente argentino, Alberto Fernández, no podrá alucinar a Montevideo para la juramento de Lacalle Pou ya que ese mismo día encabezará el acto de transigencia de sesiones del Congreso en su país, tal como manda la Constitución argentina. El conservador Lacalle Pou se impuso en la segunda revés de las elecciones presidenciales celebradas en noviembre al candidato del Frente Amplio, Daniel Martínez, y el próximo domingo pondrá fin a 15 primaveras de gobierno ininterrumpido del Frente Amplio. Una vez en el gobierno, el presidente electo de Uruguay liderará una coalición integrada por su propia fuerza política, el Partido Nacional, el tradicional Partido Colorado, Cabildo Abierto y el Partido de la Gente, de derecha, y el Partido Independiente, de centroizquierda. Lacalle Pou es hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle (1990-1995).





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