La extirpación por la vacuna: Boris Johnson contra Oxford


El Primer Ministro de Gran Bretaña, Boris Johnson, sigue mostrando una capacidad llamativa para meterse en debates difíciles, de esos que no siempre tienen una respuesta concreta y definitiva. Si primero fue aquello de la “inmunidad sin vacunas”, poco que para algunos distraídos todavía no quedó en el olvido (léanse Donald Trump y Jair Mesias Bolsonaro), en los últimos diez días el tema vacunas y la transigencia de lugares públicos como restaurantes, en un demarcación en el que los fallecidos por el coronavirus SARS-CoV- y su enfermedad, la Covid-19, asciende hasta el momento a más de 36.000 personas, han despeinado aún más de lo global al premiere britano. 

¿Qué hizo Boris esta vez? Dijo, en sintonía con su ministro de vitalidad, que es posible la vacuna contra la Covid-19 “podría no encontrarse nunca”.

Diversos científicos, tanto ingleses como de otros lugares del mundo, admiten que esto podría suceder. Pero el punto es que en la Universidad de Oxford es donde se está desarrollando una de las ocho vacunas candidatas presentadas frente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), que más descubierta está (de entre 118 registradas en esta semana). El laboratorio se unió con la farmacéutica AstraZeneca hace un mes, y cerró acuerdos de financiación por 400 millones de dosis de su vacuna AZD1222 que, de acuerdo con los directivos de la empresa, podría ser puyazo en septiembre de este año. La compañía fue aún más allá y dijo que es capaz de producir más de mil millones de dosis de la vacuna entre 2020 y 2021.

El gobierno inglés le otorgó al punto que 79 millones de libras, lo que para un laboratorio que está en plena carrera para desarrollar una vacuna son migajas. Pero quien entró en campo con fuerza es Donald Trump: AstraZeneca recibió 1.200 millones de dólares de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédico Avanzado de los Estados Unidos, como parte del software “Operación Warp Speed” de Trump cuyo objetivo es expandir la producción de vacunas en los Estados Unidos

El gobierno estadounidense está financiando a otras de las empresas farmacéuticas y biotecnológicas que trabajan en el ampliación de vacunas anticovid. Si hasta intentó “robarle” CureVac a Ángela Merkel, y aportó fondos al francés Sanofi bajo la promesa de tener vacunas primero para los estadounidenses, lo que despertó la furia de Emmanuel Macron. Es sensato, si tenemos en cuenta que la sede central de Sanofi está, lícitamente, en París. 

Desde Oxford/AstraZeneca (ambas con sede en el Reino Unido) aseguran que trabajan en ensayos clínicos que involucrarán a 30.000 personas. Aunque la existencia es que todavía no hay resultado de las pruebas de etapa I. 

El punto es que, con equiparable aporte del gobierno de Trump ¿dónde quedarán Boris Johnson, sus advertencias de que tal vez no haya vacunas, y la población británica? Con la financiación del Reino Unido, el compromiso era ganar a tener 100 millones de dosis para la población regional. Ahora, la expectativa llega a 300 millones… para población estadounidense. 

Mientras en el mundo la discusión por quién recibirá primero las potenciales vacunas llegó a la Asamblea de la Organización Mundial de la Salud llevada a final entre el 18 y el 19 de mayo, más de un irrefutable, en existencia, le ha legado la razón a Boris Johnson en cuanto a que no hay garantías de conseguir vacunas seguras y efectivas contra la Covid-19. John McCauley, director del Centro Mundial de Influenza en el Instituto Francis Crick, aseguró a una entrevista concedida al diario The Guardian que lleva tiempo comprender los desafíos particulares que cada vacuna presenta: “No conocemos con exactitud cuáles son las dificultades, las dificultades específicas, que cada vacuna dará. Y no tenemos experiencia en el manejo de este virus o los componentes de este  virus”.

De hecho, ni siquiera hay certezas en lo referido a cuánto duran los anticuerpos neutralizantes (aquellos que impiden que el coronavirus entre en las células y las infecte) una vez que las personas se infectan, con lo cual siquiera es posible (por ahora) afirmar si serían necesarias una o más dosis de la eventual vacuna a obtener. 

También es verdad que en lo referido a la candidata vacunal de la Universidad de Oxford y su socio, todo sucede sin resultados verificados a la traza. El mes pasado, AstraZeneca comenzó a probar su vacuna en un estudio de Fase I / II que involucra a más o menos de mil voluntarios de entre 18 y 55 primaveras en cinco lugares de Inglaterra. Los datos del estudio estarían para fines de mes y la empresa prórroga tener lugar a ensayos más avanzados a mediados de este año. 

Mientras, AstraZeneca está preocupada por su imagen. No quiere que el conocido piense que la guían las ganancias económicas más que la vitalidad de la población mundial. Y ha decidido tratar de entrar en conversaciones con uno y otro gobiernos. 

El punto en este momento es que, con incertidumbres lógicas (normalmente una vacuna lleva al menos siete primaveras para su ampliación: la más rápida fue la de las paperas, que tomó 4 primaveras) y fuera del ámbito puramente irrefutable, Boris Johnson protector en su demarcación a uno de los grandes jugadores en esta carrera, pero parece no tenerlo muy claro. O al menos no lo expresa con la cautela política que sería necesaria. Si Merkel y Macron defienden con uñas y dientes a sus fabricantes con sedes locales, el premiere britano parece estar perdiendo el ideal, desde un punto de traza tanto retrete como geopolítico. 

 

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