El soplo dinámico | Néstor Kirchner hubiera cumplido 7…

El soplo vital | Néstor Kirchner hubiera cumplido 7...



Suele decirse que la política es un acto colectivo que debe resolver los síntomas más terribles del horror al infructifero. El reconocido “horror vacui”. Siempre me pareció que con Kirchner ocurría poco diferente. Le gustaba el infructifero, la error de sostenes inmediatos para una osadía, la abandono de un tejido o red previa que contuvieran los riesgos de una intuición casi nada esbozada. El infructifero no era motivo de susto sino la razón intensa para hacer un llamado. Un político que tira una botella al mar en un tiempo inestable

Si tuviera que inquirir un visaje corporal que fuera equivalente de estas prácticas inspiradas en un estilo por lo inestable, sin duda es el que vimos cuando se arroja sobre un puñado de entusiastas que se acercan a saludarlo. Son los primeros días de gobierno. Esas actitudes suelen ser cuestionadas por pensarse que tienen una raíz demagógica. Si quiero popularizarme, producir simpatía con una irregularidad, me tiro entre la multitud que me ataja como si fuera un retozón rueda hecho persona. 

Palabra aquella que viene del heleno pneuma, el soplo dinámico. Sí, un pneumático, que parecía escapar de alguna carrocería desgajada. Encima, me corto una ceja con el filo de la vidrio de un fotógrafo, la pequeña herida como muestra de una sutil dialéctica con los medios de comunicación. Pero no. Ese acto correspondía a un estilo, un modo, una ecuación de gobierno. El aliento, la respiración que da vida. En un momento impensado, todo mi cuerpo es pura exhalación. El cuerpo se acuna en aquel infructifero y se fusiona gozosamente con los que en cada momento hacen del infructifero una presencia necesaria. Se lo podrá llar entonces gobierno social o política de masas.

Si se nos diera a designar para pensar cuál es el modo en que emerge un político, diríamos que por una correlación inclinado de fuerzas o proporcionadamente por una exhalación casi nada prefigurada. Sin desmentir lo primero, lo calibrado es afirmar que lo que importa es lo que viene a posteriori que se manifiestan la fuerza. Es lo que viene de la escuela del infructifero. Ahí la fuerza es lo que se calma, el infructifero es lo que tienta. Que no es guatar huecos o flotar de forma etérea, sino arrojarse sobre los problemas, desempeñarse con lo impensado en la mano y la reto popular igualitaria en el corazón. 

Es metódico que no hay política sin representación, sin tejido social, sin intereses difusos, orgánicos o invisibles. No obstante, el atractivo perdurable de Kirchner, por el que hoy lo seguimos recordando, es cómo se movía irónicamente sobre el pesado ambiente de la política franquista. Se estaba formando la voluminosa coalición sostenida en nuevos entrecruces, las finanzas que se hacían comunicacionales, la comunicación corporativa que se hacía mercancía, la soja que se hacía “sociedad del conocimiento”, la honestidad que se transformaba en “posesiones condensada”. 

Toda esa nueva catarsis de una sociedad convulsionada, no sé si Kirchner, nuestro recordado compañero, la llegó a convertir definitivamente en un concepto activo y apto para la discusión pública. Pero todos sus movimientos nerviosos indicaban que tenía proporcionadamente en claro que la convulsión argentina provenía de la nueva coalición entre estos intereses que se iluminaban con el haz confuso de los vigilantes reflectores de un neocapitalismo voraz. Que se metía seductor en los poros de la idioma social. Nadie dejaba de ser aprehendido por ese bizcochuelo neoliberal. Por lo tanto, ser presidente es ser muchas cosas, pero principalmente es ser el agente bullicioso de la gran convocatoria para arreglar la autonomía social.

Alguna vez dijo “no les tengo miedo”. Aunque fue el día en que descolgó el reconocido cuadro, quizás esa frase pueda revelar quién era Kirchner, que representaba poco más que a una fuerza social. Representaba el llamado, el soplo o el susurro que recorría, con su traje cruzado descuidadamente abrochado, la convocatoria a no temer, a despojarse del miedo para poder pensar sin coacciones. 

Y podríamos afirmar ahora que no tener temor por los desafíos que hay que enredar, equivale a una suerte de nuevo proletariado moral. Un libertarismo del espíritu colectivo. Si algún se propone o planifica representar el Llamado, quizás no lo consigue. El del saco desabotonado, el nervioso Kirchner se acercaba a conseguirlo sin preparación previa. Los demás podían ponerse o no nerviosos, como él los desafiaba. Pero el inquieto, el irónico Kirchner, era el verdaderamente excitado, el angustiado sentado en el sillón más desvelado que hay en la república, el asiento más intranquilo que hay en toda la nación.

Kirchner era hijo de uno de esos momentos en que la sociedad extenúa sus fuerzas creativas y palpa poco nuevo, pero no encuentra formas adecuadas de expresión. Y en ese corte, en esa herida, se abren varias posibilidades. Las bifurcaciones de los senderos suelen ser muchas. Estaban las asambleas populares. Como ahora en Chile, con todas las diferencias que puedan auscultarse. Pero ese surgir desde debajo es la gran utopía que recorre los últimos siglos de la modernidad. Hombres y mujeres cogobernando desde las plazas, creando entre arbustos, araucarias y toboganes donde se deslizan los niños, las nuevas instituciones de cojín que repondrían lo calibrado y lo bello en una sociedad. 

Creo que Kirchner nunca estuvo en desacuerdo con eso, pero una parte de su “pneuma”, de su espíritu dinámico, lo llevaba a no dar por perdidas las anteriores instituciones representativas, para admitir a sus pliegues internos poco o mucho de aquel soplo asambleario. El presidente pneumático.

No me explico de otra forma ese comprobación permanente entre el Estado, a ser reconstituido, y las nuevas fisuras por donde debían valer los nuevos aires, el soplido fresco y esencial que retira la cara pétrea de un dictador de las paredes del propio colegio marcial, que abre la Esma como cápsula blindada que aún contenía el secreto de cómo adentro de esas tinieblas se había horadado del sentido de lo humano. 

Las frases que salían de su boca eran dramáticas, pero extraídas del diccionario más directo y popular. Estamos en el abismo, los muertos no pagan. Los caricaturistas apreciaron su desaliño, su rostro que poseía una extraña disposición, una comicidad interna, que él mismo asimismo cultivó, y acompañó con ella las medidas más atrevidas, los hechos más estridentes, cuando palabras como glifosato y corporaciones se derramaban asfixiantes y hubo que aventajar la calle. 

Aún resuenan sus dichos y discursos, pronunciados como al descuido, pero sabía que estaba en el gran charnela, aquel cuyas reglas había que reinventar en una nueva democracia. Y mientras hablando parecía un distraído, era posible entender que era así y no de otra forma que se fundaba la posibilidad de remover tanto moho, desasosiego e injusticia en el país que esperaba y recogía las fibras de su llamado, que todavía vibran. Eran la cita con el pneuma.            



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